Capacidad de sorpresa

en un vaso de cerveza caliente fue que se la olvidó

Todos los días de este marzo -sin excepción- fui a la playa. Fue como el verano de 2015. Un verano que se prolongó hasta bien entrado abril. Ignoro si este año ocurrirá lo mismo pero, hasta ahora, está sucediendo.

Yendo un poco más atrás (a diferencia de lo que ocurrió este febrero del 2018, que benefició a los argentinos que en masa vinieron a Punta del Este), en febrero de 2014 la lluvia fue la santa compañera de todos los días. Lo recuerdo muy bien porque, en el trabajo donde estaba, el único recreo era ir a la playa (Chihuahua, en ese momento).

Pues bien, febrero de 2014 me privó de ese recreo.

Ahora, en cambio, hago mi caminata a la playa todos los días desde que las circunstancias decidieron que así lo haga (no me voy a poner a analizar el postulado de “lo que sucede, conviene” porque nunca fue de mi agrado).

La cuestión es que, a veces, las experiencias que refleja el mundo son la copia de nuestra propia experiencia.

La primera, o las dos primeras veces que caminaba hacia la playa, estaba acompañada por el ladrido de todos -por completo todos- los perros que me cruzaba en el camino.

Pero muy a la brevedad, con un pragmatismo energético que les envidio, esos perros -a los que me sigo cruzando- decidieron que yo ya era alguien conocido para ellos. Toda capacidad de sorpresa mutua se disolvió y ya ningún perro me ladra. Ni muerde (esto es de las pocas cosas que no me ocurrió en la vida).

Todo esto no hace más que reafirmar mi teoría de que tengo muy buena sintonía con los animales y de que erré, por completo, mi profesión.

Si hubiera sido veterinaria quizás ahora estaría viviendo feliz en medio de vacas y caballos, en algún lugar tan lejano que ni siquiera conozco hasta el momento (y eso que conozco muchos lugares de Uruguay).

No lo sé.

Lo único que sé es que me reconozco en esa pérdida de la capacidad de sorpresa.

Creí haberla perdido durante mi estadía uruguaya que se extendió entre el 2013 y el 2016 (en algún vaso de cerveza caliente, situación habitual en el país). Pero tal parece que quedaba algún resto que fui incapaz de percibir y hace casi exactamente un mes ese resto se esfumó del todo.

Creo que, ahora, es muy difícil sorprenderme. Tanto es así que le pagaría a quien lo lograra.

Hasta hace no tanto, creía que escribir -aunque a veces fuera una experiencia dolorosa- era siempre una terapia. Desde hace unos días comencé a plantearme si en verdad era así. Si, en determinados momentos muy delicados de la vida, golpear los dedos sobre un teclado no es sino el sucedáneo de golpear nuestras heridas.

No tengo la respuesta. Solo sé que escribir no es una elección, en mi caso como en el de los que nacimos con esa inclinación, a la que a veces sentimos como inconducente, pero de la que no podemos prescindir porque no tenemos cómo eliminarla.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s