Under pressure

 

Siempre me tocó ser acompañante en hospitales/ clínicas/ sanatorios varios. Creo que tengo el título honorario de tal y podría ser acompañante de cualquier paciente.

Recuerdo estar a los doce años en el bar de la clínica Bazterrica, sentada frente a una porción de isla flotante y una Coca Cola (en esos momentos hacía mezclas que ahora de ninguna manera podría hacer) esperando para ir a la habitación de mi mamá, a la que iban a visitar especialistas en flores de Bach, medicina alternativa, reikistas (si es que se llamaban así en ese tiempo) y esas cosas, porque ya no había nada que la medicina tradicional pudiera hacer por su cáncer de páncreas.

Entrar a su habitación era como visitar a una diva porque, casi como una ironía, la enfermedad fue piadosa y generosa con ella del modo en que la vida no lo fue. Su pelo y su piel resplandecían. El peso perdido le sentaba bien. Y ella tenía una paz que muchos años después, a la distancia, percibí que jamás le había conocido hasta ese momento.

Tan piadoso fue el cáncer con ella que hasta permitió que su agonía fuera corta -y, para mí en mi percepción durante muchos años, abrupta- y pudiera evitar el calvario de los tratamientos que tan bien conocí algunos años después con mi padre.

Por mucho, mucho tiempo, me costó entenderlo y aceptarlo pero muchas veces un golpe brutal de experiencia puede más que varios años de terapia y creo que desde hace unos días, al fin, pude entenderla del todo y aceptar que esa manera de despedirse le rendía honores a su existencia, que casi equivale a la mía en este momento.

Cinco años después, con mi padre, la situación fue otra y conocí médicos de cierto hospital que mi padre jamás -por cuestiones ideológicas- hubiera pisado de estar consciente. Pero la enfermedad también fue piadosa con él y, ya que su padecer fue bastante más largo que el de mi madre, le permitió perder sus facultades mentales casi de un día para otro.

Durante varios meses, que se hicieron más eternos que una vida, conocí mucho de lo mejor y lo peor del sistema sanitario privado argentino. Fue en ese momento que me recibí de acompañante, con honores. Y fue desde ahí que comencé a pensar que era mucho más tolerable ser paciente que acompañante.

14 de febrero de 2018, estoy encerrada en el baño privado de mi “glamoroso” trabajo llorando. Mi compañera, a sabiendas de la situación, nunca me pregunta qué pasa. Eso explica muchas cosas posteriores (y anteriores, de las que no me había percatado hasta ese momento).

Un rato después, termino con un pico de stress en la guardia de emergencias de un hospital de Maldonado y la situación, en el balance, implica un destrato tan grande que me replanteo en extenso situaciones de mi vida.

Los detalles personales los contaré en mi blog personal. Los que saben, comprenderán.

En este espacio, lo que corresponde es contar mi decisión en lo profesional, que es la de apostar al proyecto laboral que hasta ahora desarrollaba de manera informal.

Los invito a visitar mi página www.arianariccio.com y, desde ya, agradezco la difusión a quienes piensen que pueda interesarles la propuesta.

Miles de gracias a los que me acompañan en este momento. El resto, como una vez más la vida me enseña, es decorado.

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