Pueblo chico, infierno grande

diapositivas-de-luis-solari-2-20-728

Un 30 de diciembre, hace veintidós años, fue un punto de giro en mi vida.

Es una historia a la que vuelvo cada fin de año (a veces, en los últimos tiempos, a través de textos), pero siempre le encuentro nuevas aristas y este 2017 no es la excepción.

Hace veintidós años, el 30 de diciembre fue un día de calor agobiante. Creo que mucho más que el anunciado por las alertas de este año, pero quizá sea solo una cuestión de percepción acentuada por la memoria caprichosa del recuerdo.

El capricho, no obstante y por poderoso que sea, no logra exceder a los hechos objetivos.

Como conté en mi blog de aquel entonces, ese 30 de diciembre estaba sola en mi casa, con mi papá que -luego de varios meses de internación- ya había sido dado por desahuciado.

Con esos veintidós años menos y confiando en los milagros, ese 30 de diciembre fui a comprar sus remedios y, cuando me di cuenta de que un par de chicos drogados iba a asaltar la farmacia donde estaba esperando, me fui. No por eso, sino porque en ese momento me iluminó ese chispazo de sincronicidad de la vida con el mensaje de que no había nada más que estuviera a mi alcance hacer.

Sin embargo, no me imaginaba que el desenlace iba a ser ese día. No estaba preparada y, al día de hoy, creo que sigo sin estarlo, a pesar de haber atravesado años de terapia.

No me imaginaba que me iba a tocar ver morir a una persona. Ver todos los estertores previos a la muerte, ver clavada en mí una mirada a la vez desesperada y que, en simultáneo, sabe en la poca conciencia que le queda que ya no hay nada que nadie pueda hacer. En enfermos terminales, a menudo, el último y único canal de expresión que queda vivo es el de la mirada. Quien lo haya vivido de cerca me entenderá.

Yo vi en cámara lenta toda la agonía de mi padre sabiendo que ya no había nada por intentar y sin la certeza de que ese medio de la comunicación que es la mirada transmitiera todo lo que intentábamos decirnos.

Muchas veces, a lo largo de estos años, me sigo preguntando qué es lo que él intentaba decirme y si él pudo descifrar lo que le dije sin palabras. Hasta el día de mi muerte viviré con ese interrogante. Y no es fácil cargar con eso. Tampoco creo que sea posible comprenderlo sin haber vivido experiencias similares.

Acaso por karma, en los últimos años en el ocaso de diciembre vivo situaciones límite que, siempre, tienen que ver con la muerte. Trabajos, relaciones, ilusiones que se terminan. Y que, por razones varias, no volverán. De la pérdida de la inocencia, al igual que de la muerte, no se vuelve.

Y siempre me pregunto lo mismo: si lograré resucitar al año siguiente porque, al menos desde 2011, siento que muero con cada fin de año. Tal como en aquel final de 1995.

Alguna vez leí una recomedación que le dieron a una artista con pretensiones de ser universal en su obra: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” fue el conciso -pero polisémico y complejo- consejo, cuya creación es atribuida a Tolstoi.

Y yo, que he vivido mis pequeños e insignificantes (salvo para mí) infiernos en lugares chicos, sé en cada gota de la sangre que sigue circulando por mi cuerpo que eso es tan, pero tan, cierto que arriesgaría mi cuerpo en esas llamas para demostrarlo.

Y tal vez en el 2018 también, como en años anteriores, pueda ver nacer cosas que -mientras duren- me hagan crecer. Creo que es lo mejor que puedo desear para mi vida y lo hago extensivo a todos mis seres queridos y a aquellos que lean este texto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s