Acerca de escribir Trío (I)

Cuando una persona se separa de su pareja, por lo general ocurren dos cosas: busca -de manera formal o informal, ese no es mi punto de análisis en este caso- o a alguien muy diferente a ese ser que acaba (o pretende haber acabado) de dejar atrás o a alguien muy similar. Quizá no en todo, pero sí en el aspecto físico o en la personalidad. A menudo, en ambos.

Reconozco que hay contadas excepciones, pero son eso: contadas. Las puedo contar con los dedos de las manos. Y a lo largo de una extensa e intensa vida, conocí mucha gente.

Lo viví, lo vi, lo escuché y lo aprendí de diversas maneras. Lo puedo discutir con cualquiera y, aunque no pudiera ganar la discusión, estoy segura de que aceptarían y validarían con ejemplos de su propia cosecha mis argumentos.

Cuando una persona que escribe logra, al fin, hacer el duelo que el cierre de todo texto escrito merece, ocurre con precisión de engranaje suizo lo mismo.

Porque eso que estamos escribiendo, como sabe cualquiera que pertenezca a esa secta maldita (siempre maldita) de quienes escribimos, lo es todo para nosotros: nuestra pareja y nuestra familia. Y, por sobre esas categorías, nuestro/a amante. El o la que siempre se impondrá a cualquier otro vínculo con sus caprichos a deshoras. No creo que nadie que sienta que escribir es una necesidad vital pueda equiparar a ese acto de expresión con una pareja formal y estable. Nunca podré tomar en serio las palabras de los que perjuran eso, aunque alguna vez las haya escuchado.

En mi caso, la opción elegida tras el duelo con ese texto que fue esa pareja, familia y amante es irme al extremo opuesto (que, siempre, de alguna manera se toca con el de origen, que funciona como referencia omnipresente y ejerce así su poder).

En lo formal, por ejemplo, nada tienen que ver los largos capítulos de mi primera novela -basados a su vez en esa crónica de mi vida en Uruguay que fue mi blog Verlan Mode– con los breves, a veces muy breves, capítulos de Trío, la segunda novela que estoy escribiendo. Tan cortos que quizá por eso me costó mucho al principio encarar esa novela. La magia de la síntesis no es lo mío; por eso escribo novelas, no poesía. Pero, como buena mercenaria de la comunicación que ha trabajado en diversos rubros vinculados con ella, sé que puedo sacar esa capacidad de la galera de ser necesario. La gran diferencia es que, cuando una trabaja para otro y debe adaptarse a sus reglas, ese no es un acto voluntario.

Escribir un texto personal, que es un gran ejercicio de la libertad, suele llevarse mal con cualquier religión en la que no creamos. La de la síntesis, para quien escribe esto.

Pero, en una pequeña victoria personal, lo estoy logrando. Recién ahora, y recién después de haber captado la verdadera esencia de la historia: el duelo de un amor. Al igual que como (también) ocurre en una relación, uno cree conocer la esencia de una historia porque vivió durante años con ella en su cabeza, no solo en sus momentos de vigilia sino hasta en sueños, con voces y actos que surgían de las maneras más inesperadas.

Y esa creencia, como bien sabemos todos los que hemos atravesado rupturas amorosas, es una ilusión.

Eso es lo que están aprendiendo, a su manera, los personajes de mi historia. Pero eso será tema del próximo texto.

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