Lo perdido

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Hace un tiempo, una amiga me asignó el apodo “Queen B” en alusión a mi capacidad de (casi) jamás perder la compostura sin importar qué tipo de sustancias o en qué cantidad las consumiera en una fiesta -nobleza obliga, hablamos de sustancias legales de diverso tipo- e incluso sin importar cuál fuera mi estado de animo o con qué clase de personas -aquí me obliga la incorreción política: la fauna de los eventos no siempre es agradable- me cruzara en esa suerte de circunstancias.

Queen B podía estar destruida, pero nunca iba a decir nada que no hubiera dicho en estado de sobriedad. O nunca hubiera perdido el GPS interno para llegar a su casa sana y salva y -muy importante- con sus pertenencias más preciadas intactas.

Pero hay una salvedad que esa amiga no conoce tanto como yo: diciembre y Queen B no se llevan bien, en particular este año. Todo, todo, parece estar yendo por los carriles equivocados. Y, en los peajes, me cobran más de lo debido.

El viernes salgo de una fiesta a la que tal vez no debí haber ido (mi parte Queen B detesta en el fondo las fiestas decembrinas) y, para no alargar demasiado la historia, pierdo mi celular -con un 99% de certeza- en un taxi, por haber llevado una cartera diminuta y una campera con bolsillos que no se ajustaban a las dimensiones del celular. Pero, ah, si mi teléfono era casi un apéndice de mi cuerpo: ¿cómo podía perderlo? Podía perder cualquier cosa, pero jamás eso.

El viernes fue un gran peregrinaje. Primero, la denuncia del extravío en Personal. A esta altura, un hurto; mi celular no tenía clave y era muy fácil para la persona que lo haya encontrado buscar por ejemplo una conversación de whatsapp (la última fue con mi hermano) y rastrear a quién podía devolvérselo. Después, la consulta en esos locales precarios de galerías acerca de si era posible liberar el único celular que tenía disponible: un viejo equipo Movistar que ya no quiere mucho más pero que va a tener que resistir mientras tenga acceso a uno nuevo en mejores condiciones. Solo dos accedieron a desbloquearlo (no en un día feriado, desde ya: tenía que volver al día siguiente) y cobrándome una fortuna que me hacía pensar que era más prudente elegir comprar uno nuevo arreglándome de alguna manera.

Acto seguido, partí hacia uno de los únicos locales que la operadora me había advertido que iba a estar abierto durante ese viernes feriado: el de Alto Palermo, en un mediodía agobiante con la única ventaja de un subte casi desierto. Conclusión: desde hace días no les estaban entregando chips.

Me voy a Galerías Pacífico sin saber que no hay un local de Personal adentro (claro, no tenía un celular encima para chequearlo) y el que está justo enfrente estaba, por supuesto, cerrado.

Me tomo al subte B y voy al Abasto (tan fuera de eje que empiezo caminando para el lado contrario a pesar de haber hecho casi una tesis sobre el Abasto en mis primeros años de universidad). Tampoco tienen chips y ya no sé como esquivar a los que cada cinco pasos quieren venderte una crema u ofrecerte un masaje que, parece, es la nueva moda. Es menester reconocer que el masaje no me hubiera venido mal pero el chiste de haber puesto el celular en el lugar incorrecto me va a salir caro (lo sé) y esos son derroches que no me puedo permitir. Tampoco estoy de ánimo para que nadie me toque. Ni siquiera con una palabra.

Camino Once de punta a punta hasta que, después de las seis de la tarde en un negocio perdido en el medio de locales de botas bucaneras de vinilo que empiezan a cerrar, me venden el famoso chip.

Llego a casa exhausta pero, obstinada como soy, dispuesta a descubrir cómo poner un chip Personal en un celular Movistar. Parece que no era tan difícil: era solo cuestión de tener un contrato, de que el equipo tuviera una cierta antiguedad, y te envían el código de desbloqueo. Lo ingreso en el (ex) equipo Movistar y coloco el nuevo chip.

Que, por supuesto, no funciona. La línea sigue bloqueada. Pruebo, por las dudas, poner el chip en mi celular uruguayo, que es libre de fábrica. Nada: el bloqueo mantiene su curso.

El sábado a las once me despierto con el cuello duro, sin poder moverlo, una sensación que desconozco hace años; tantos, que no recuerdo cuándo fue la última vez que me pasó. Es evidente que la tensión me está superando.

Intento llamar a Personal desde el celular de mi hermano (Movistar) y la operadora me dice que debo hacer esa gestión desde mi celular y me pregunto si me están haciendo un chiste. La pregunta es retórica porque la respuesta es obvia.

Me comunico por Facebook y un par de horas después me responden que harán la gestión pertinente y que a más tardar a las seis de la tarde mi línea tendría que estar activa ¿A ustedes a esa hora les funcionó? Bueno, a mí no.

Me voy al local de Personal de Honduras, desierto y con dos empleados que no quieren saber nada de estar ahí y me dicen que, dado que yo hice un reclamo vía Facebook, eso retrasa todo y mi celular va a estar operativo recién a las once del domingo… o quizás después.

Yo les pregunto cómo puede ser que eso suceda, que conservar ese número activo me es muy necesario en mi vida laboral y solo se encogen de hombros y me dicen “es algo que maneja el sistema”.

Me voy con ganas de llorar pero sin energías para llorar. Camino sin rumbo, me cruzo con los paseantes palermitanos que en general prefiero evadir y me compro una lata de cerveza en el primer chino que veo.

Una hora más tarde termino en la casa de una amiga con otra en común. Durante esas horas la paso bien. Después me quiero morir.

Vuelvo a despertar con el cuello duro y envío un nuevo mensaje por Facebook a Personal. Me piden el número del chip y me dicen que en 24 horas la línea debería estar operativa… y esto ya parece el cuento de la buena pipa.

Domingo, 8 PM (¿adivinan si con o sin línea?) y un fin de semana desperdiciado desde el inicio del viernes. Porque no hice nada. Quedé estancada sin las ganas ni la energía como para hacer nada. Solo mis amigas M. y J. lograron sacarme momentáneamente del letargo. Son esas noches en que quiero dormirme con la ayuda de cualquier sustancia que haga falta, sin necesidad de despertarme.

Es la sensación que arrastré durante todo este perdido fin de semana, en el alma pero sobre todo, y como muy pocas veces antes, en el cuerpo.

Y me pregunto si lo perdido en el plano material no será el símbolo de aquello que no logramos perder en nuestro interior por mucho que lo intentemos.

Y si su ausencia no hace más que recordarnos esa presencia de lo que arrastramos sin nunca poder dejar caer, con mayor o menor gracia, en un taxi o la calle de alguna ciudad.

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