Escribir

Escribir.

A veces pienso, como hoy, que es una de las contadas cosas de la vida que fidelizan mi pertenencia voluntaria a ella.

Uno puede compartir charlas interesantes y perdurables o sostener monólogos intrascendentes, tardíos y olvidables, copa de vino en mano.

Puede viajar con amigos y alimentar la ilusión del viaje semanas antes de que ocurra y evocar sus risas por semanas, una vez ocurrido.

Puede incluso proyectar viajes que se alejen un poco del cómodo (y relativamente económico) cabotaje y las fronteras cercanas.

Puede retirarse a tiempo de batallas que sabe perdidas de antemano aunque intuya que debe recorrer todas las instancias previas a la inexorable evasión; con la esperanza de que esta vez sí, de una vez por todas, va a aprender la lección encerrada en esa experiencia y no va a tener que atravesarla de nuevo con esa armadura de la que, hoy en día, ya no se venden repuestos y que ostenta un desgaste que roza la destrucción en ciertas zonas críticas.

Puede enviar audios eternos con las palabras que, en verdad, le gustaría escribir; pero es que no pertenecemos a la generación que se crió —o casi— con un teclado táctil desde la cuna y detestamos escribir en ellos.

Puede llorar creyendo que las manchas que dejan las heridas se desvanecerán con este nuevo llanto y que ninguna pena es tan indeleble como para poder resistir la acción de esa solución química que, no tan prosaica al fin y al cabo, debe poseer algún ingrediente mágico en su composición. Pero, ay, las lágrimas que acechan en la ciénaga esperando la menor oportunidad para salir a la superficie vinieron falladas y perdimos la garantía para cambiarlas por esas, las que son tan infalibles como para arrastrar y disolver toda oscuridad que se atreva a cruzarse en su camino.

Puede ser humilde y narcisista en simultáneo y reconocer que (a falta de seres de carne y hueso) su legado, no importa si al mundo o a una decena de lectores, serán criaturas con piel de papel y sangre de tinta.

Puede ignorar esa cuasi obligación social de darles atención a diario a sus músculos, tan susceptibles que tienen la costumbre de enterrarse bajo un manto de harinas cada vez que uno osa olvidarse de ellos por un par de días, cerveza en mano y agua de mar bajo los pies.

Puede recibir poemas de grandes plumas que nacieron con el don de la poesía y que crearon versos que parecen ser un retrato exacto de nuestra vida y solo de ella. Quizá sea por eso que la poesía es tan universal: porque es lo más íntimo y singular que existe.

Puede intentar responder la cuestión existencial de si es preferible quedarse con la duda y sufrir un dolor moderado o alcanzar certezas a riesgo de que el dolor nos robe los estribos y nos haga caer del caballo. Algo que a esta altura debiéramos poder hacer con estilo, pero no estamos seguros de haber llegado a ese estado de gracia. Ah, la duda. Esa eterna puesta en abismo.

Puede intentar destejer nudos de angustia a sabiendas de que, a veces, lo único que logra la escritura es enredarlos cada vez más.

Puede escuchar aquella canción que durante mucho tiempo no pudo escuchar —en este caso Let’s get Lost de Elliott Smith— porque todavía estaba enganchada a su primer libro. Y comprender que ahora, al fin, al igual que ocurre con una relación amorosa, puede involucrarse en una nueva experiencia literaria.

Puede recordar que es un milagro seguir perteneciendo al club de los vivos cuando tantas veces (tantas que perdió la cuenta) deseó que la pisara un auto o que a alguien se le olvidara que debía amanecer una vez más.

Puede leer el cuento del exquisito O. Henry “La última hoja” y especular que aún falta para que la que será su última hoja esté pintada en una pared, porque el verde que dará el toque final y definitivo llegará a sus manos cuando escriba la última palabra de ese último quinto libro que, al día de hoy y en un casi increíble reconocimiento de la finitud que la ronda más allá de la voluntad, espera escribir.

Puede aceptar, en un acto que desafía su soberbia, que todo, por completo todo, lo descrito en las últimas líneas no depende de ella y que lo único que requiere su absoluta participación y entrega es sentarse y escribir. Y que, como pacto entre caballeros —porque vivimos en un patriarcado y seguiremos haciéndolo por generaciones que llevarán flores a nuestras tumbas (no, no lo harán)— nuestra recompensa por entregarnos es cruzar ese etéreo pero omnipresente trazo que divide el sobrevivir y el, digamos, vivir.

Puede ocupar su tiempo en el intento de discernir cuál es la vida real: si la que le confiere un cierto poder a todo lo que existe más allá de su presencia o si la que la une, con un poder que resiste la incredulidad de los profanos, a esa suerte de conexión que se genera entre las manos de un cuerpo y el dispositivo que permite la generación de signos acuñados por la humanidad desde el inicio de su historia.

Todas cosas que esta persona que escribe ha hecho en los últimos tiempos.

 

 

Puede también intentar unir los trazos que —supone— la llevaron a escribir, para intentar comprender el patrón que, una y otra vez, descubre en sus textos; tanto da si hablan del cambio climático o de las ventajas y desventajas de tener inclinaciones artísticas y poco apego hacia las convenciones.

Puede inferir que su amor por la palabra escrita crece en proporción inversa a su creencia en el concepto de familia.

Tal vez no sea en vano ser el fruto de una madre que, en su opinión, nunca debería haberse casado y —por lo tanto— nunca hubiera debido tener hijos o, en el caso que ocupa este texto, una hija.

Quizás tampoco sea casual haber convivido durante años con un padre que, al verse solo, se redujo a la entidad de un vegetal. Cuando la imagen del matrimonio es la de personas consumiendo a discreción un veneno que bien saben que a la larga o a la corta los conducirá hacia un callejón sin salida, escribir parece ser el refugio más loco y, al mismo tiempo, más sensato.

Puede elucubrar que habiendo visto todo tipo de situaciones, menos las que podrían ser calificadas de funcionales, en la familia que fue su contexto situacional durante muchos años, es lógico que prefiera compartir navidades y comienzos de año —y todas las fechas que en los calendarios de las personas normales están en perversa (perdón, perfecta) sincronía con la explosión de sus tarjetas de crédito— con libros y frases redactadas, a veces con torpeza y otras con la fugaz impronta de la oportunidad, en la pantalla de su computadora.

 

 

Escribir.

La compañía que sabe todo, perdona todo porque se nutre de nuestra oscuridad para ser visible, no pregunta nada, no demanda una dote que jamás podremos entregarle y, si bien consume nuestra existencia, nos hace brillar tanto al hacerlo que ni siquiera nosotros podemos tolerar esa luz que nos invade y nos excede pero que solo nosotros tenemos la capacidad de ver.

No hay otra, no puede haberla y si alguien alguna vez intentara convencernos de que existe un sucedáneo de esa compañía todos nosotros, que escribimos, sabríamos de inmediato que ese alguien sería un gran simulador y nos uniríamos en una sonrisa cómplice, aun sin conocernos.

 

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