Turismo

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“Turismo” fue uno de los primeros modismos uruguayos que aprendí, incluso antes de vivir en ese país donde el año parece comenzar después de esa semana. El primero de enero se tiran fuegos artificiales y se bebe hasta casi morir, nada más.

Pero fue recién viviendo ahí que aprendí que, en efecto, durante la semana de turismo la vida en Montevideo muere y todo, todo, se traslada a la periferia de lo urbano. Montevideo se convierte en un gran pueblo fantasma y si a uno se le ocurre, por ejemplo, ir a visitar el cementerio de Buceo, es probable que encuentre más vida dentro de esos muros que en el resto de la ciudad. Hay turistas, sí, pero en esos días sale a luz la esencia del alma del habitante montevideano promedio: están aburridos hasta la médula de ese lugar que para ellos no es otra cosa que el mal necesario que a menudo es su fuente de ingresos. Y escapan en cuanto tienen la menor posibilidad de hacerlo.

La puerta de la jaula siempre se abre en algún instante; no obstante, solo puede salir de ella lo que está vivo. Lo que murió en la espera de su libertad no llega siquiera a ser un cadáver: se desvanece en el acto de su muerte.

Camino por Roque Graseras y me pregunto hasta qué punto yo misma pude escapar de esa gran jaula (con vista al río, perdón, lo que disimula su condición tornándola más perversa). Si estoy viva o estoy muerta como esa gris ciudad que me rodea con el marco de algunas de sus calles más coquetas, que tan bien conozco. Si, tal vez, los que están vivos son mis recuerdos y animan un cuerpo que ya no es el mío sino el de alguien que vivió mil vidas y que en algún momento, exhausto, decidió partir sin avisarme.

No lo sé y nunca lo sabré hasta que me abandone el último rastro de vida mundana, que son esos recuerdos. Que en todo caso, para demostrar su poder sobre mí, reviven y se adueñan de una -en apariencia- simple caminata con cada paso que doy.

Paso por el que fue mi primer trabajo y paso por el que fue el último. El que me decidió a no seguir trabajando en lugares donde me sintiera maltratada o desvalorizada y a valorar la dignidad de la elección de dar un paso al costado del sistema frente a esas opciones. Sistema del que, lo reconozco y al igual que de Montevideo, nunca podré escapar del todo.

Paso por esos lugares donde en los primeros meses solo tomaría fotos, páginas en blanco en el momento de su captura que luego fueron escritas, reescritas, tachadas y -en vano- borradas. La experiencia es el recurso que utiliza la vida para redefinir contornos que nuestra memoria se esfuerza en desdibujar.

Paso por la esquina de la casa del que fuera mi primer amante en Montevideo, ese al que me empujaron la piel y la soledad, porque sé que nunca llegó a amarme. El menos pensado, el que nunca hubiera elegido, pero así se escriben las mejores historias (que no suelen ser las más felices): con los impulsos que ningún intento de control racional puede sofocar.

Paso por esas cuadras que no sabía en ese momento que transitaría a veces con entusiasmo, a veces en un estado de embriaguez que fue lo más parecido a la la locura que experimenté en mi vida, a veces con dolor inmenso, a veces con frustración, a veces con rabia. Siempre mal dirigida, porque lo único que necesitaba era amarme. Que, además de ser la verdadera salvación, es la única manera de amar a otros.

Paso por calles donde conocí o me crucé a cientos de personas de quienes, como persona a la que le gusta escribir, me pregunto muchas veces qué será de sus vidas y nunca dejarán de ser potenciales personajes de mis historias. Entre tantos, una ex jefa cuyo gran mérito fue nacer en la familia correcta; una mujer con cierto exceso de cirugía desesperada por atención que jamás compraba en el lugar donde yo trabajaba pero era experta en sacar temas de conversación; un arquitecto que siempre amagaba pero jamás me invitó a una cita; el cliente fiel cuya visita esperaba cada día porque me sacaba de la monotonía que yo misma seguía eligiendo; la parejita él rural – ella chica bien de Carrasco en la que él sonreía con sutileza a las mujeres que entraban en su radar mientras ella miraba la pantalla rajada de su Iphone; las amigas de Pocitos con perrito en brazos necesitadas de fonoaudióloga porque la papa en la boca se les había enquistado y se hacía casi imposible entenderlas. Los chicos de la parrillada La Otra, siempre tan simpáticos y amables que hasta daban ganas de sacar un turno en el registro civil y casarse con alguno. El que cuando se enteró de que era mi cumpleaños se jugó unos pesos, ganó, y me llevó un sobre con el premio. Ese fue el mejor regalo de cumpleaños que recibí en mi vida porque ni él imaginaba hasta qué punto lo necesitaba.

Paso por el hotel donde compartí una noche con una persona muy querida escuchando música brasilera (recuerdo a Cazuza con O tempo não para), tomando whisky y comiendo chocolate.

Paso por todos esos lugares y me doy cuenta -una vez más- de que no son ellos los que cambian, cambiamos nosotros. No es lo mismo mi primera merienda en La Dulcería después de haber conocido, mucho tiempo después, a Ximena Torres, la dueña del lugar. No es lo mismo nada de lo que observaba con ingenuidad y asombro cuando recién llegué, lo que fui descubriendo con algunas risas y muchas lágrimas durante mis tres años allí, lo que percibía cuando regresé a vivir a Buenos Aires y lo que puedo ver ahora, que no soy ni habitante ni turista aunque, por las ironías de un destino díscolo, la ciudad y yo nos reencontremos en “Turismo”.

Paso por la plaza Gomensoro y contemplo desde ahí la rambla, esa que me deslumbró tanto a mi llegada y que muchas veces -lo confieso- echo de menos, a pesar de no extrañar casi nada de la ciudad.

Y en ese momento mi maltrecho celular uruguayo suena y una querida amiga porteña, por la que viajé especialmente a Montevideo para encontrarnos, me pregunta por dónde estoy.

Camino por la rambla, doblo por Juan María Pérez, respiro hondo y tocó timbre en el apart hotel donde mi amiga y su marido se alojan y me esperan para ir a tomar unas cervezas por ahí.

En esos segundos que dura mi suspiro tengo que convencerme a mí misma, a mis recuerdos y -sobre todo- a Montevideo que, al menos por esta noche, soy sólo una turista más.

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