Escrito en el cuerpo

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Regreso a una cuestión planteada en un post anterior. En él, en cierta forma, hay una teoría que queda flotando a través de los segmentos escogidos de las cartas de Flaubert y Feydeau. O, para hacerle honor a la lengua en que se desarrolló ese intercambio epistolar, de los “morceaux choisis”.

Dicha teoría se podría resumir en que, finalmente, el escritor –y el artista en general- crea obras artísticas a través de las experiencias traumáticas que le toca en suerte o voluntad vivir. De alguna manera, el artista se alimenta de ellas aunque se envenene en cómodas cuotas y termine literalmente entregando la vida en sus obras literarias (o pictóricas, histriónicas, musicales, etc.).

En línea con esa teoría, (y con mi opinión personal de que toda obra de ficción es una autobiografía más o menos distorsionada) muchas veces pienso que ciertas experiencias llegan a nuestras vidas porque estamos destinados a hacer algo artístico con ellas. Creo que es un intento de encontrar un sentido puntual en algo que posiblemente posea un sentido que de tan inconmensurable nos excede. Pero en nuestras humanas limitaciones no nos es dado ver el tablero completo del juego, sólo los casilleros y las piezas.  Y basamos nuestras interpretaciones en esos fragmentos.

Más aún, los que hemos atravesado varias experiencias intensas en nuestras vidas sabemos que todas ellas han quedado escritas. No solo en algún lugar del alma sino también del cuerpo, y esas historias tienen voz propia y hablan de muchas maneras, con frecuencia más allá de nuestra voluntad. Desde esa perspectiva, todo lo que podamos contar ya está escrito; no en otras obras, sino en nuestra propia vida. La tarea del que intenta escribir una obra literaria es traducir todos esos escritos fragmentados –y quizás incoherentes para la mirada ajena- en un todo con una cierta armonía.

Pero no se trata solo de traducir voces, por sobre todo se trata de llevar a cabo una traducción mucho más exquisita: la de los silencios, propios y ajenos. Y ya se sabe que el silencio tiene un lenguaje propio que muchas veces escapa a la comprensión. Cualquiera puede escribir acerca de cosas que han sido dichas, pero lo que distingue a un escritor es la voluntad de indagar y echar luz sobre aquello que nunca fue verbalizado.

En cierto modo, lo que siento al escribir es que, más allá de hablar de la propia historia, en el acto de creación nos convertimos en un canal a través del cual hablamos de muchas otras historias. Por eso no creo que escribir sea un acto racional, más bien creo que se trata de entrar en una suerte de estado trance y dejar el razonamiento de lado. Creo en la escritura automática (después de todo, lo que queremos contar forma parte de nuestro subconsciente) y en que cuanto más pensamos lo que queremos decir, más nos alejamos de la historia que sabemos que debemos contar.

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