El arte es un viaje eterno

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Quizá porque ahora tengo mucho tiempo para escribir sin ninguna clase de directiva u objetivo impuesto por otra persona al que apegarme, el tema de las condiciones de producción de un texto personal resurgió de entre las cenizas de alguna hoguera mental que nunca se apaga del todo.

En Flaubert meets Eckhart Tolle hablé de una carta de Flaubert en la que el artista es presentado como un ser que, para crear, debe nutrirse de sus experiencias pero solo a condición de lograr un cierto desapego con respecto a ellas. En esa línea de pensamiento, no se puede contar de ninguna manera una situación mientras estemos sumergidos en ella, en especial si se trata de una experiencia traumática.

En caso de que la situación involucre un final o una ruptura, debemos pasar un tiempo en el territorio del dolor y quemarnos con los fuegos de los incendios que atravesemos. Pero, eso sí, llevando con nosotros un cuaderno de apuntes para registrar la intensidad de esa travesía y –lo más importante de todo- teniendo comprado el pasaje de regreso que nos permita abandonar ese paisaje desolador. El artista debe tener esa capacidad de estar de vuelta de todo aquel camino al que el impasible caballero destino lo pueda llegar a arrastrar.

Esto lleva a la conclusión natural de que para crear son necesarios ambos momentos: la ida y la vuelta. No se puede regresar de donde nunca se estuvo, así como tampoco se puede volver antes de haber partido. Durante el trance del viaje (ya ha quedado claro que no me refiero a viajes “agradables”), el artista irá componiendo un borrador, posiblemente atravesado por los trazos turbios de los sentimientos incómodos y las sensaciones violentas. Pero solo cuando regrese de ese viaje podrá traducir ese borrador en una obra.

Reconozco que también existe la teoría de que el viaje no es necesario y que el verdadero artista se define por la capacidad de pintar un paisaje donde nunca estuvo presente. Pero, no solo como intento de artista sino como amante del arte, descreo de esa teoría. Creo que el arte es cuestión de un 1% de imaginación. El 99% restante se divide entre la experiencia de vida y la disciplina. Quizá mi visión esté deformada por mi misma adhesión a esa teoría, pero en toda obra de arte –sin importar el soporte en el que esté plasmada- veo las huellas de la vida de quien la creó. Sea como protagonista o como testigo de algo que impactó de alguna manera en su existencia.

Y, por añadidura, creo en la necesidad de lograr una cierta distancia para dar voz a aquello que llevamos escrito en el cuerpo. Debe haber una instancia de salto en la que podamos situarnos ya no como protagonistas, sino como espectadores que pueden tener una mirada crítica sobre la escena de la que alguna vez formaron parte. Aquello que queremos contar debe ser para nosotros algo distante como una fotografía a la que podamos mirar a los ojos. Porque cuando nos resulta doloroso mirar una foto, lo que en verdad ocurre es que todavía estamos dentro de ella.

Hasta tanto no logremos esa distancia, mi experiencia es que encontraremos mil excusas para no dejar libre aquello en lo que nosotros mismos aún nos encontramos encerrados.

 

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