Bitácoras de la derrota

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Adhiero a la idea de que el arte nace de la experiencia y que, en cualquier caso, 1) la imaginación nos ayuda a re-crear esa experiencia y 2) todo lo que podamos imaginar se origina en aquello que hemos vivido. Creo, por otra parte, que el hecho de haberle puesto el cuerpo a una determinada situación no se traduce de manera automática en una obra -más o menos- artística. La creación solo es posible cuando dejamos fluir los trazos de la experiencia.

En ese acto, cuerpo y arte son indivisibles e indistinguibles. En la pintura o la escultura es muy clara la relación entre el cuerpo y el des-cubrimiento de algo que solo comienza a hacerse evidente gracias a él. A la escritura, en cambio, tiende a atribuírsele un proceso de creación bastante más intelectual, en el que el cuerpo pasa a ser un instrumento que permite plasmar en un soporte físico o virtual lo que la mente le dicta. Una misma frase puede ser escrita por cualquier persona y su sentido no se modificará; por el contrario, una pincelada sobre un lienzo es tan irrepetible como el ser que la trazó.

Sin embargo, soy de las que creen que el cuerpo interviene tanto en la literatura como lo hace en otras ramas del arte. En primer lugar, por la razón detallada en el párrafo de apertura de este post: lo que podemos expresar nace de una experiencia a la que en algún momento le pusimos el cuerpo. Y en segundo lugar, porque el momento de creación plena es equivalente a un estado de trance donde no existen ni el tiempo ni el espacio. Es decir, donde se impone la lógica del cuerpo por sobre la de la mente.

Según una corriente muy en boga hoy en día, que se nutre tanto de la filosofía zen como de la física cuántica, el tiempo es una construcción mental y –en tanto tal- solo puede ser trascendida cuando aprendemos a dominar a nuestra caprichosa mente. Si bien el objetivo final en esa línea de pensamiento es poder lograrlo a voluntad, existe la posibilidad de que alcancemos ese estado sin buscarlo de manera consciente y sin que siquiera nos percatemos de ello. Una de esas maneras es a través de la creación artística, donde el cuerpo pasa a estar un paso por delante de las estructuras mentales que clasifican y estancan, en fragmentos limitados, un continuo de experiencia.

Quizá por esa presencia protagónica del cuerpo, creo que el ejercicio de desarrollar un texto literario tiene mucho que ver con una navegación en soledad. Navegar es una actividad donde el cuerpo está continuamente involucrado y, en muchos momentos, el instinto y los movimientos que el cuerpo aprendió a hacer suyos mediante la experiencia actúan antes que la mente. La escritura es un viaje individual que nace de percepciones singulares: no hay copilotos; el acto de manejar el timón es responsabilidad exclusiva de quien se enfrenta, de manera solitaria, a una hoja de papel o a la pantalla de su computadora.

Y, si consideramos que el arte en particular y la literatura en especial tienen más que ver con los hechos efectivamente vividos que con los imaginados, es tentadora la hipótesis de que cuanto más ingobernable el curso de la derrota –tanto en el sentido náutico como, a veces, en el coloquial del término-  tanto más interesante será la bitácora de viaje. Un viaje que nace en un punto de partida concreto y se dirige a un punto de llegada inasible. Que es, a la vez, un punto de partida hacia otras travesías, porque el arte es un viaje eterno.

 

2 comentarios en “Bitácoras de la derrota

  1. Correpinol dijo:

    Sabes, estoy de acuerdo. Me dijo recién una amiga. Que escribo de vivencias propias. Lo que me apasiona, me dibuja una. Sonrisa, enojo o me inspira. Le doy vuelta letra por letra, transfiguro ciertas realidades y comienzo a anexar como dices. Yo lo llamo divagar. . Tanta gente trata de cobijar las apariencias. Yo prefiero pintar mis vivencias, con quienes comparto, con quienes vivo, quienes inspiran amor o desilusión. Las letras son de doble filo sin embargo y hay que cuidar que el lienzo no borre vida. Saludos

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