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Siempre se vuelve al primer amor

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Las palabras pueden desaparecer; los hechos, no

Quizá no en todos los casos; pero, en este, sí.

Después de mucho tiempo de no escribir en un blog (salvo, ocasionalmente, en el de mi web oficial, www.arianariccio.com), he decidido volver a encender el fuego de ese amor que comenzó hace muchos años.

Me gustaría, además, que esa decisión me diera impulso para volver a escribir en este espacio.

Por el momento, seguiré escribiendo en ese nuevo blog, www.redaccionycorreccion.com, donde me voy a dedicar de manera específica a temas relacionados con el artesanal oficio de corregir y redactar y, en un registro un poco más personal, a las vicisitudes de trabajar de manera independiente en Argentina.

Cuando tengan ganas, los invito a darse una vuelta por ese amor revisitado.

PH: Leighann Renee – Unsplash

Lecturas recomendadas (II)

La segunda lectura recomendada para aquellos que escribimos: el eterno Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury.  Si no lo leyeron, pueden leer los motivos de la recomendación en el blog de mi sitio oficial: https://www.arianariccio.com/blog/lecturas-recomendadas-ii

Capacidad de sorpresa

en un vaso de cerveza caliente fue que se la olvidó

Todos los días de este marzo -sin excepción- fui a la playa. Fue como el verano de 2015. Un verano que se prolongó hasta bien entrado abril. Ignoro si este año ocurrirá lo mismo pero, hasta ahora, está sucediendo.

Yendo un poco más atrás (a diferencia de lo que ocurrió este febrero del 2018, que benefició a los argentinos que en masa vinieron a Punta del Este), en febrero de 2014 la lluvia fue la santa compañera de todos los días. Lo recuerdo muy bien porque, en el trabajo donde estaba, el único recreo era ir a la playa (Chihuahua, en ese momento).

Pues bien, febrero de 2014 me privó de ese recreo.

Ahora, en cambio, hago mi caminata a la playa todos los días desde que las circunstancias decidieron que así lo haga (no me voy a poner a analizar el postulado de “lo que sucede, conviene” porque nunca fue de mi agrado).

La cuestión es que, a veces, las experiencias que refleja el mundo son la copia de nuestra propia experiencia.

La primera, o las dos primeras veces que caminaba hacia la playa, estaba acompañada por el ladrido de todos -por completo todos- los perros que me cruzaba en el camino.

Pero muy a la brevedad, con un pragmatismo energético que les envidio, esos perros -a los que me sigo cruzando- decidieron que yo ya era alguien conocido para ellos. Toda capacidad de sorpresa mutua se disolvió y ya ningún perro me ladra. Ni muerde (esto es de las pocas cosas que no me ocurrió en la vida).

Todo esto no hace más que reafirmar mi teoría de que tengo muy buena sintonía con los animales y de que erré, por completo, mi profesión.

Si hubiera sido veterinaria quizás ahora estaría viviendo feliz en medio de vacas y caballos, en algún lugar tan lejano que ni siquiera conozco hasta el momento (y eso que conozco muchos lugares de Uruguay).

No lo sé.

Lo único que sé es que me reconozco en esa pérdida de la capacidad de sorpresa.

Creí haberla perdido durante mi estadía uruguaya que se extendió entre el 2013 y el 2016 (en algún vaso de cerveza caliente, situación habitual en el país). Pero tal parece que quedaba algún resto que fui incapaz de percibir y hace casi exactamente un mes ese resto se esfumó del todo.

Creo que, ahora, es muy difícil sorprenderme. Tanto es así que le pagaría a quien lo lograra.

Hasta hace no tanto, creía que escribir -aunque a veces fuera una experiencia dolorosa- era siempre una terapia. Desde hace unos días comencé a plantearme si en verdad era así. Si, en determinados momentos muy delicados de la vida, golpear los dedos sobre un teclado no es sino el sucedáneo de golpear nuestras heridas.

No tengo la respuesta. Solo sé que escribir no es una elección, en mi caso como en el de los que nacimos con esa inclinación, a la que a veces sentimos como inconducente, pero de la que no podemos prescindir porque no tenemos cómo eliminarla.

Under pressure

 

Siempre me tocó ser acompañante en hospitales/ clínicas/ sanatorios varios. Creo que tengo el título honorario de tal y podría ser acompañante de cualquier paciente.

Recuerdo estar a los doce años en el bar de la clínica Bazterrica, sentada frente a una porción de isla flotante y una Coca Cola (en esos momentos hacía mezclas que ahora de ninguna manera podría hacer) esperando para ir a la habitación de mi mamá, a la que iban a visitar especialistas en flores de Bach, medicina alternativa, reikistas (si es que se llamaban así en ese tiempo) y esas cosas, porque ya no había nada que la medicina tradicional pudiera hacer por su cáncer de páncreas.

Entrar a su habitación era como visitar a una diva porque, casi como una ironía, la enfermedad fue piadosa y generosa con ella del modo en que la vida no lo fue. Su pelo y su piel resplandecían. El peso perdido le sentaba bien. Y ella tenía una paz que muchos años después, a la distancia, percibí que jamás le había conocido hasta ese momento.

Tan piadoso fue el cáncer con ella que hasta permitió que su agonía fuera corta -y, para mí en mi percepción durante muchos años, abrupta- y pudiera evitar el calvario de los tratamientos que tan bien conocí algunos años después con mi padre.

Por mucho, mucho tiempo, me costó entenderlo y aceptarlo pero muchas veces un golpe brutal de experiencia puede más que varios años de terapia y creo que desde hace unos días, al fin, pude entenderla del todo y aceptar que esa manera de despedirse le rendía honores a su existencia, que casi equivale a la mía en este momento.

Cinco años después, con mi padre, la situación fue otra y conocí médicos de cierto hospital que mi padre jamás -por cuestiones ideológicas- hubiera pisado de estar consciente. Pero la enfermedad también fue piadosa con él y, ya que su padecer fue bastante más largo que el de mi madre, le permitió perder sus facultades mentales casi de un día para otro.

Durante varios meses, que se hicieron más eternos que una vida, conocí mucho de lo mejor y lo peor del sistema sanitario privado argentino. Fue en ese momento que me recibí de acompañante, con honores. Y fue desde ahí que comencé a pensar que era mucho más tolerable ser paciente que acompañante.

14 de febrero de 2018, estoy encerrada en el baño privado de mi “glamoroso” trabajo llorando. Mi compañera, a sabiendas de la situación, nunca me pregunta qué pasa. Eso explica muchas cosas posteriores (y anteriores, de las que no me había percatado hasta ese momento).

Un rato después, termino con un pico de stress en la guardia de emergencias de un hospital de Maldonado y la situación, en el balance, implica un destrato tan grande que me replanteo en extenso situaciones de mi vida.

Los detalles personales los contaré en mi blog personal. Los que saben, comprenderán.

En este espacio, lo que corresponde es contar mi decisión en lo profesional, que es la de apostar al proyecto laboral que hasta ahora desarrollaba de manera informal.

Los invito a visitar mi página www.arianariccio.com y, desde ya, agradezco la difusión a quienes piensen que pueda interesarles la propuesta.

Miles de gracias a los que me acompañan en este momento. El resto, como una vez más la vida me enseña, es decorado.

Pueblo chico, infierno grande

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Un 30 de diciembre, hace veintidós años, fue un punto de giro en mi vida.

Es una historia a la que vuelvo cada fin de año (a veces, en los últimos tiempos, a través de textos), pero siempre le encuentro nuevas aristas y este 2017 no es la excepción.

Hace veintidós años, el 30 de diciembre fue un día de calor agobiante. Creo que mucho más que el anunciado por las alertas de este año, pero quizá sea solo una cuestión de percepción acentuada por la memoria caprichosa del recuerdo.

El capricho, no obstante y por poderoso que sea, no logra exceder a los hechos objetivos.

Como conté en mi blog de aquel entonces, ese 30 de diciembre estaba sola en mi casa, con mi papá que -luego de varios meses de internación- ya había sido dado por desahuciado.

Con esos veintidós años menos y confiando en los milagros, ese 30 de diciembre fui a comprar sus remedios y, cuando me di cuenta de que un par de chicos drogados iba a asaltar la farmacia donde estaba esperando, me fui. No por eso, sino porque en ese momento me iluminó ese chispazo de sincronicidad de la vida con el mensaje de que no había nada más que estuviera a mi alcance hacer.

Sin embargo, no me imaginaba que el desenlace iba a ser ese día. No estaba preparada y, al día de hoy, creo que sigo sin estarlo, a pesar de haber atravesado años de terapia.

No me imaginaba que me iba a tocar ver morir a una persona. Ver todos los estertores previos a la muerte, ver clavada en mí una mirada a la vez desesperada y que, en simultáneo, sabe en la poca conciencia que le queda que ya no hay nada que nadie pueda hacer. En enfermos terminales, a menudo, el último y único canal de expresión que queda vivo es el de la mirada. Quien lo haya vivido de cerca me entenderá.

Yo vi en cámara lenta toda la agonía de mi padre sabiendo que ya no había nada por intentar y sin la certeza de que ese medio de la comunicación que es la mirada transmitiera todo lo que intentábamos decirnos.

Muchas veces, a lo largo de estos años, me sigo preguntando qué es lo que él intentaba decirme y si él pudo descifrar lo que le dije sin palabras. Hasta el día de mi muerte viviré con ese interrogante. Y no es fácil cargar con eso. Tampoco creo que sea posible comprenderlo sin haber vivido experiencias similares.

Acaso por karma, en los últimos años en el ocaso de diciembre vivo situaciones límite que, siempre, tienen que ver con la muerte. Trabajos, relaciones, ilusiones que se terminan. Y que, por razones varias, no volverán. De la pérdida de la inocencia, al igual que de la muerte, no se vuelve.

Y siempre me pregunto lo mismo: si lograré resucitar al año siguiente porque, al menos desde 2011, siento que muero con cada fin de año. Tal como en aquel final de 1995.

Alguna vez leí una recomedación que le dieron a una artista con pretensiones de ser universal en su obra: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” fue el conciso -pero polisémico y complejo- consejo, cuya creación es atribuida a Tolstoi.

Y yo, que he vivido mis pequeños e insignificantes (salvo para mí) infiernos en lugares chicos, sé en cada gota de la sangre que sigue circulando por mi cuerpo que eso es tan, pero tan, cierto que arriesgaría mi cuerpo en esas llamas para demostrarlo.

Y tal vez en el 2018 también, como en años anteriores, pueda ver nacer cosas que -mientras duren- me hagan crecer. Creo que es lo mejor que puedo desear para mi vida y lo hago extensivo a todos mis seres queridos y a aquellos que lean este texto.

Acerca de escribir Trío (I)

Cuando una persona se separa de su pareja, por lo general ocurren dos cosas: busca -de manera formal o informal, ese no es mi punto de análisis en este caso- o a alguien muy diferente a ese ser que acaba (o pretende haber acabado) de dejar atrás o a alguien muy similar. Quizá no en todo, pero sí en el aspecto físico o en la personalidad. A menudo, en ambos.

Reconozco que hay contadas excepciones, pero son eso: contadas. Las puedo contar con los dedos de las manos. Y a lo largo de una extensa e intensa vida, conocí mucha gente.

Lo viví, lo vi, lo escuché y lo aprendí de diversas maneras. Lo puedo discutir con cualquiera y, aunque no pudiera ganar la discusión, estoy segura de que aceptarían y validarían con ejemplos de su propia cosecha mis argumentos.

Cuando una persona que escribe logra, al fin, hacer el duelo que el cierre de todo texto escrito merece, ocurre con precisión de engranaje suizo lo mismo.

Porque eso que estamos escribiendo, como sabe cualquiera que pertenezca a esa secta maldita (siempre maldita) de quienes escribimos, lo es todo para nosotros: nuestra pareja y nuestra familia. Y, por sobre esas categorías, nuestro/a amante. El o la que siempre se impondrá a cualquier otro vínculo con sus caprichos a deshoras. No creo que nadie que sienta que escribir es una necesidad vital pueda equiparar a ese acto de expresión con una pareja formal y estable. Nunca podré tomar en serio las palabras de los que perjuran eso, aunque alguna vez las haya escuchado.

En mi caso, la opción elegida tras el duelo con ese texto que fue esa pareja, familia y amante es irme al extremo opuesto (que, siempre, de alguna manera se toca con el de origen, que funciona como referencia omnipresente y ejerce así su poder).

En lo formal, por ejemplo, nada tienen que ver los largos capítulos de mi primera novela -basados a su vez en esa crónica de mi vida en Uruguay que fue mi blog Verlan Mode– con los breves, a veces muy breves, capítulos de Trío, la segunda novela que estoy escribiendo. Tan cortos que quizá por eso me costó mucho al principio encarar esa novela. La magia de la síntesis no es lo mío; por eso escribo novelas, no poesía. Pero, como buena mercenaria de la comunicación que ha trabajado en diversos rubros vinculados con ella, sé que puedo sacar esa capacidad de la galera de ser necesario. La gran diferencia es que, cuando una trabaja para otro y debe adaptarse a sus reglas, ese no es un acto voluntario.

Escribir un texto personal, que es un gran ejercicio de la libertad, suele llevarse mal con cualquier religión en la que no creamos. La de la síntesis, para quien escribe esto.

Pero, en una pequeña victoria personal, lo estoy logrando. Recién ahora, y recién después de haber captado la verdadera esencia de la historia: el duelo de un amor. Al igual que como (también) ocurre en una relación, uno cree conocer la esencia de una historia porque vivió durante años con ella en su cabeza, no solo en sus momentos de vigilia sino hasta en sueños, con voces y actos que surgían de las maneras más inesperadas.

Y esa creencia, como bien sabemos todos los que hemos atravesado rupturas amorosas, es una ilusión.

Eso es lo que están aprendiendo, a su manera, los personajes de mi historia. Pero eso será tema del próximo texto.

Lo perdido

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Hace un tiempo, una amiga me asignó el apodo “Queen B” en alusión a mi capacidad de (casi) jamás perder la compostura sin importar qué tipo de sustancias o en qué cantidad las consumiera en una fiesta -nobleza obliga, hablamos de sustancias legales de diverso tipo- e incluso sin importar cuál fuera mi estado de animo o con qué clase de personas -aquí me obliga la incorreción política: la fauna de los eventos no siempre es agradable- me cruzara en esa suerte de circunstancias.

Queen B podía estar destruida, pero nunca iba a decir nada que no hubiera dicho en estado de sobriedad. O nunca hubiera perdido el GPS interno para llegar a su casa sana y salva y -muy importante- con sus pertenencias más preciadas intactas.

Pero hay una salvedad que esa amiga no conoce tanto como yo: diciembre y Queen B no se llevan bien, en particular este año. Todo, todo, parece estar yendo por los carriles equivocados. Y, en los peajes, me cobran más de lo debido.

El viernes salgo de una fiesta a la que tal vez no debí haber ido (mi parte Queen B detesta en el fondo las fiestas decembrinas) y, para no alargar demasiado la historia, pierdo mi celular -con un 99% de certeza- en un taxi, por haber llevado una cartera diminuta y una campera con bolsillos que no se ajustaban a las dimensiones del celular. Pero, ah, si mi teléfono era casi un apéndice de mi cuerpo: ¿cómo podía perderlo? Podía perder cualquier cosa, pero jamás eso.

El viernes fue un gran peregrinaje. Primero, la denuncia del extravío en Personal. A esta altura, un hurto; mi celular no tenía clave y era muy fácil para la persona que lo haya encontrado buscar por ejemplo una conversación de whatsapp (la última fue con mi hermano) y rastrear a quién podía devolvérselo. Después, la consulta en esos locales precarios de galerías acerca de si era posible liberar el único celular que tenía disponible: un viejo equipo Movistar que ya no quiere mucho más pero que va a tener que resistir mientras tenga acceso a uno nuevo en mejores condiciones. Solo dos accedieron a desbloquearlo (no en un día feriado, desde ya: tenía que volver al día siguiente) y cobrándome una fortuna que me hacía pensar que era más prudente elegir comprar uno nuevo arreglándome de alguna manera.

Acto seguido, partí hacia uno de los únicos locales que la operadora me había advertido que iba a estar abierto durante ese viernes feriado: el de Alto Palermo, en un mediodía agobiante con la única ventaja de un subte casi desierto. Conclusión: desde hace días no les estaban entregando chips.

Me voy a Galerías Pacífico sin saber que no hay un local de Personal adentro (claro, no tenía un celular encima para chequearlo) y el que está justo enfrente estaba, por supuesto, cerrado.

Me tomo al subte B y voy al Abasto (tan fuera de eje que empiezo caminando para el lado contrario a pesar de haber hecho casi una tesis sobre el Abasto en mis primeros años de universidad). Tampoco tienen chips y ya no sé como esquivar a los que cada cinco pasos quieren venderte una crema u ofrecerte un masaje que, parece, es la nueva moda. Es menester reconocer que el masaje no me hubiera venido mal pero el chiste de haber puesto el celular en el lugar incorrecto me va a salir caro (lo sé) y esos son derroches que no me puedo permitir. Tampoco estoy de ánimo para que nadie me toque. Ni siquiera con una palabra.

Camino Once de punta a punta hasta que, después de las seis de la tarde en un negocio perdido en el medio de locales de botas bucaneras de vinilo que empiezan a cerrar, me venden el famoso chip.

Llego a casa exhausta pero, obstinada como soy, dispuesta a descubrir cómo poner un chip Personal en un celular Movistar. Parece que no era tan difícil: era solo cuestión de tener un contrato, de que el equipo tuviera una cierta antiguedad, y te envían el código de desbloqueo. Lo ingreso en el (ex) equipo Movistar y coloco el nuevo chip.

Que, por supuesto, no funciona. La línea sigue bloqueada. Pruebo, por las dudas, poner el chip en mi celular uruguayo, que es libre de fábrica. Nada: el bloqueo mantiene su curso.

El sábado a las once me despierto con el cuello duro, sin poder moverlo, una sensación que desconozco hace años; tantos, que no recuerdo cuándo fue la última vez que me pasó. Es evidente que la tensión me está superando.

Intento llamar a Personal desde el celular de mi hermano (Movistar) y la operadora me dice que debo hacer esa gestión desde mi celular y me pregunto si me están haciendo un chiste. La pregunta es retórica porque la respuesta es obvia.

Me comunico por Facebook y un par de horas después me responden que harán la gestión pertinente y que a más tardar a las seis de la tarde mi línea tendría que estar activa ¿A ustedes a esa hora les funcionó? Bueno, a mí no.

Me voy al local de Personal de Honduras, desierto y con dos empleados que no quieren saber nada de estar ahí y me dicen que, dado que yo hice un reclamo vía Facebook, eso retrasa todo y mi celular va a estar operativo recién a las once del domingo… o quizás después.

Yo les pregunto cómo puede ser que eso suceda, que conservar ese número activo me es muy necesario en mi vida laboral y solo se encogen de hombros y me dicen “es algo que maneja el sistema”.

Me voy con ganas de llorar pero sin energías para llorar. Camino sin rumbo, me cruzo con los paseantes palermitanos que en general prefiero evadir y me compro una lata de cerveza en el primer chino que veo.

Una hora más tarde termino en la casa de una amiga con otra en común. Durante esas horas la paso bien. Después me quiero morir.

Vuelvo a despertar con el cuello duro y envío un nuevo mensaje por Facebook a Personal. Me piden el número del chip y me dicen que en 24 horas la línea debería estar operativa… y esto ya parece el cuento de la buena pipa.

Domingo, 8 PM (¿adivinan si con o sin línea?) y un fin de semana desperdiciado desde el inicio del viernes. Porque no hice nada. Quedé estancada sin las ganas ni la energía como para hacer nada. Solo mis amigas M. y J. lograron sacarme momentáneamente del letargo. Son esas noches en que quiero dormirme con la ayuda de cualquier sustancia que haga falta, sin necesidad de despertarme.

Es la sensación que arrastré durante todo este perdido fin de semana, en el alma pero sobre todo, y como muy pocas veces antes, en el cuerpo.

Y me pregunto si lo perdido en el plano material no será el símbolo de aquello que no logramos perder en nuestro interior por mucho que lo intentemos.

Y si su ausencia no hace más que recordarnos esa presencia de lo que arrastramos sin nunca poder dejar caer, con mayor o menor gracia, en un taxi o la calle de alguna ciudad.

Escribir

Escribir.

A veces pienso, como hoy, que es una de las contadas cosas de la vida que fidelizan mi pertenencia voluntaria a ella.

Uno puede compartir charlas interesantes y perdurables o sostener monólogos intrascendentes, tardíos y olvidables, copa de vino en mano.

Puede viajar con amigos y alimentar la ilusión del viaje semanas antes de que ocurra y evocar sus risas por semanas, una vez ocurrido.

Puede incluso proyectar viajes que se alejen un poco del cómodo (y relativamente económico) cabotaje y las fronteras cercanas.

Puede retirarse a tiempo de batallas que sabe perdidas de antemano aunque intuya que debe recorrer todas las instancias previas a la inexorable evasión; con la esperanza de que esta vez sí, de una vez por todas, va a aprender la lección encerrada en esa experiencia y no va a tener que atravesarla de nuevo con esa armadura de la que, hoy en día, ya no se venden repuestos y que ostenta un desgaste que roza la destrucción en ciertas zonas críticas.

Puede enviar audios eternos con las palabras que, en verdad, le gustaría escribir; pero es que no pertenecemos a la generación que se crió —o casi— con un teclado táctil desde la cuna y detestamos escribir en ellos.

Puede llorar creyendo que las manchas que dejan las heridas se desvanecerán con este nuevo llanto y que ninguna pena es tan indeleble como para poder resistir la acción de esa solución química que, no tan prosaica al fin y al cabo, debe poseer algún ingrediente mágico en su composición. Pero, ay, las lágrimas que acechan en la ciénaga esperando la menor oportunidad para salir a la superficie vinieron falladas y perdimos la garantía para cambiarlas por esas, las que son tan infalibles como para arrastrar y disolver toda oscuridad que se atreva a cruzarse en su camino.

Puede ser humilde y narcisista en simultáneo y reconocer que (a falta de seres de carne y hueso) su legado, no importa si al mundo o a una decena de lectores, serán criaturas con piel de papel y sangre de tinta.

Puede ignorar esa cuasi obligación social de darles atención a diario a sus músculos, tan susceptibles que tienen la costumbre de enterrarse bajo un manto de harinas cada vez que uno osa olvidarse de ellos por un par de días, cerveza en mano y agua de mar bajo los pies.

Puede recibir poemas de grandes plumas que nacieron con el don de la poesía y que crearon versos que parecen ser un retrato exacto de nuestra vida y solo de ella. Quizá sea por eso que la poesía es tan universal: porque es lo más íntimo y singular que existe.

Puede intentar responder la cuestión existencial de si es preferible quedarse con la duda y sufrir un dolor moderado o alcanzar certezas a riesgo de que el dolor nos robe los estribos y nos haga caer del caballo. Algo que a esta altura debiéramos poder hacer con estilo, pero no estamos seguros de haber llegado a ese estado de gracia. Ah, la duda. Esa eterna puesta en abismo.

Puede intentar destejer nudos de angustia a sabiendas de que, a veces, lo único que logra la escritura es enredarlos cada vez más.

Puede escuchar aquella canción que durante mucho tiempo no pudo escuchar —en este caso Let’s get Lost de Elliott Smith— porque todavía estaba enganchada a su primer libro. Y comprender que ahora, al fin, al igual que ocurre con una relación amorosa, puede involucrarse en una nueva experiencia literaria.

Puede recordar que es un milagro seguir perteneciendo al club de los vivos cuando tantas veces (tantas que perdió la cuenta) deseó que la pisara un auto o que a alguien se le olvidara que debía amanecer una vez más.

Puede leer el cuento del exquisito O. Henry “La última hoja” y especular que aún falta para que la que será su última hoja esté pintada en una pared, porque el verde que dará el toque final y definitivo llegará a sus manos cuando escriba la última palabra de ese último quinto libro que, al día de hoy y en un casi increíble reconocimiento de la finitud que la ronda más allá de la voluntad, espera escribir.

Puede aceptar, en un acto que desafía su soberbia, que todo, por completo todo, lo descrito en las últimas líneas no depende de ella y que lo único que requiere su absoluta participación y entrega es sentarse y escribir. Y que, como pacto entre caballeros —porque vivimos en un patriarcado y seguiremos haciéndolo por generaciones que llevarán flores a nuestras tumbas (no, no lo harán)— nuestra recompensa por entregarnos es cruzar ese etéreo pero omnipresente trazo que divide el sobrevivir y el, digamos, vivir.

Puede ocupar su tiempo en el intento de discernir cuál es la vida real: si la que le confiere un cierto poder a todo lo que existe más allá de su presencia o si la que la une, con un poder que resiste la incredulidad de los profanos, a esa suerte de conexión que se genera entre las manos de un cuerpo y el dispositivo que permite la generación de signos acuñados por la humanidad desde el inicio de su historia.

Todas cosas que esta persona que escribe ha hecho en los últimos tiempos.

 

 

Puede también intentar unir los trazos que —supone— la llevaron a escribir, para intentar comprender el patrón que, una y otra vez, descubre en sus textos; tanto da si hablan del cambio climático o de las ventajas y desventajas de tener inclinaciones artísticas y poco apego hacia las convenciones.

Puede inferir que su amor por la palabra escrita crece en proporción inversa a su creencia en el concepto de familia.

Tal vez no sea en vano ser el fruto de una madre que, en su opinión, nunca debería haberse casado y —por lo tanto— nunca hubiera debido tener hijos o, en el caso que ocupa este texto, una hija.

Quizás tampoco sea casual haber convivido durante años con un padre que, al verse solo, se redujo a la entidad de un vegetal. Cuando la imagen del matrimonio es la de personas consumiendo a discreción un veneno que bien saben que a la larga o a la corta los conducirá hacia un callejón sin salida, escribir parece ser el refugio más loco y, al mismo tiempo, más sensato.

Puede elucubrar que habiendo visto todo tipo de situaciones, menos las que podrían ser calificadas de funcionales, en la familia que fue su contexto situacional durante muchos años, es lógico que prefiera compartir navidades y comienzos de año —y todas las fechas que en los calendarios de las personas normales están en perversa (perdón, perfecta) sincronía con la explosión de sus tarjetas de crédito— con libros y frases redactadas, a veces con torpeza y otras con la fugaz impronta de la oportunidad, en la pantalla de su computadora.

 

 

Escribir.

La compañía que sabe todo, perdona todo porque se nutre de nuestra oscuridad para ser visible, no pregunta nada, no demanda una dote que jamás podremos entregarle y, si bien consume nuestra existencia, nos hace brillar tanto al hacerlo que ni siquiera nosotros podemos tolerar esa luz que nos invade y nos excede pero que solo nosotros tenemos la capacidad de ver.

No hay otra, no puede haberla y si alguien alguna vez intentara convencernos de que existe un sucedáneo de esa compañía todos nosotros, que escribimos, sabríamos de inmediato que ese alguien sería un gran simulador y nos uniríamos en una sonrisa cómplice, aun sin conocernos.

 

De Anne Sexton a los hombres de negro

Obra realizada por la artista plástica Melanie De Simone, que forma parte de una muestra que estamos preparando en conjunto


 

Lunes 24 de julio, Belgrano, Buenos Aires. Tengo un encuentro con una querida amiga. Le cuento algo muy íntimo y sin mediar pedido de opinión, me dice:

-Tus preguntas ya contienen dentro de ellas sus respuestas. 

Otra gran y talentosa amiga, Melanie, me pide que retrate de manera literaria los cuadros que con una inmensa generosidad me presenta antes de que nadie más haya tenido el exquisito privilegio de verlos. Esta es la primera de las pinturas que llega a mis manos y, justamente por su calidad de inaugural, representa para mí el mayor desafío. 

Y frente a sus trazos recuerdo las palabras que horas antes me dirigió mi amiga y sé que no voy a encontrar en ellos nada que desconozca; que estoy a cargo de un acto de revelación, no de creación. Si podemos ver algo es porque, aunque no tengamos registro de ello, ya lo conocíamos.

Lo primero que veo es un hombre negro sumergiéndose en una orgía de colores. Y a otro hombre, casi púrpura, que ni siquiera necesita observarlo para especular a qué se está aventurando el personaje de negro, porque sabe que cada ser humano contiene dentro de sí su pasado, su presente y su futuro en las preguntas que su voz interior formula y –dentro de ellas- a las que decide brindar su atención.

Escucho la sinfonía número 40 de Mozart interpretada por la orquesta sinfónica de Boston mientras intento responder esa pregunta que empujó al solitario hombre de negro hacia las respuestas que intenta darse. Y envidio, como estoy segura de que él envidiaría también, la vocación (y el don) orquestal de lanzarse hacia al arte al unísono. El miedo a lo desconocido es directamente proporcional a la soledad. 

Y en las texturas del lienzo percibo que el hombre negro en un acto visceral ya arañó -antes de sumergirse en ella- la nebulosa de lo desconocido, porque modificar una realidad incomprensible era la única manera de encontrar en ella algo familiar. Quizás ese fue su autoengaño, porque (tal vez) el costo de descubrir los colores de la vida es no adulterarlos para ver solo aquello que nos sentimos capacitados para ver.

Las partes claras del cuadro, acaso no casualmente, pueden ser vistas como alas que esperan al hombre. Pero el poder de un elemento que nos permite elevarnos y surcar los cielos es una metáfora de la seducción. Y la seducción tiene, siempre, una parte oculta que esconde frente a otras que exhibe para lograr sus propósitos.

El cielo puede ser una opción para aquellos que confían en que existe otro mundo, cuando abandonemos este. Pero para quienes no creen en la existencia de aquel otro etéreo e indescriptible plano, el abismo puede ser otra opción.

 El hombre negro y yo, que me creo tan colorida, compartimos –en el fondo- la misma pregunta. 

Porque, a veces, el abismo más profundo es que el está debajo de nuestros pies, cuando creemos estar pisando tierra firme.

  

“Mi negocio son las palabras” le dice Anne Sexton en uno de sus poemas a su interlocutor, el analista/lector/crítico. “Tu negocio es observar esas palabras”.

Palabras como etiquetas de lo que (creemos) es pasible de ser definido. Anne sabe que eso es solo una ilusión; el lector sensible también lo sabe.

En ese mismo poema, las palabras son equiparadas a las monedas arrojadas por una máquina en un casino de Nevada. Una suerte de fortuna con la que ningún artista que se precie de tal sabe bien qué hacer. Las palabras confían más en el poeta de lo que él confía en sí mismo. De hecho, lo desbordan, casi confiando en que quien las recibe sabrá qué hacer con ellas. 

En otro poema, Anne nos confiesa que la incompletud que es el motor del artista está, en su caso, esperando el ingrediente perdido: la sal, el dinero, la lujuria. O lo que sea.

Y nos incita a preguntarnos: ¿somos el analista, o somos el artista? 

¿Cómo lidiamos con la incompletud propia de cada rol, y cuál elegimos?

 Porque de eso se trata la vida: de elegir, aunque a veces insistamos en olvidarlo para sentir que somos más livianos. Cada elección tiene su precio, que tiene a su vez un peso. Por eso, sentirnos libres no siempre equivale a sentirnos más ligeros. La libertad, en numerosas ocasiones, nos acerca más al abismo que al cielo.

 Tal vez Anne intuía que el ingrediente perdido está en nuestra mirada, en aquello que el artista -acaso de manera inconsciente- no nos quiso contar, en ese elemento inasible que quizá defina al arte como tal (si entendemos al arte como el espejo maldito que refleja y nos hace conscientes de nuestros propios vacíos) o en la respuesta que buscamos frente a lo que es, en realidad, el planteo de una pregunta. Y nos invitó a que seamos nosotros quienes nos formulemos esa pregunta.

 Acaso la respuesta a esa pregunta sea, justamente, el elemento perdido.